De las dos mejores universidades de Chile se espera mucho. De sus alumnos, por ende, también. Pero esta semana brindaron un espectáculo denigrante que, esperamos, llame a la reflexión: unos convocaron a las mujeres a eyacular en el Campus San Joaquín y los otros fueron criticados por defecar y vomitar en los patios del Campus Juan Gómez Millas.

1. "Vulva furiosa", así se llamaba la agrupación que iría a dar el taller de masturbación femenina en la Universidad Católica en el marco de las actividades convocadas por la FEUC del NAU para hacer un llamado al respeto por la diversidad sexual. Duraría tres horas y terminaría con el grupo de mujeres practicando lo aprendido y presenciando una eyaculación femenina como símbolo de "liberalización" de los hombres para remarcar que ellas también eyaculan. Además, habían claras ganas de ofender los principios católicos de la UC porque hablaban del gusto de "pecar" donde rondaba "el Espíritu Santo".

"No, es imposible meter a todos los alumnos en el mismo saco. Grandes y distinguidos profesionales han salido y siguen saliendo de esas históricas salas de clase" — El Demócrata, editorial

2. Las personas que hacen el aseo del Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile sacaron una carta hablando de la humillación y asco que les daba limpiar el recinto después de las fiestas que hacen los alumnos en la noche de los viernes. Recoger la basura y las botellas les es lo de menos porque, la molestia viene por los condones usados en el piso, vómitos y excremento en distintos rincones. ¿Cómo no pensar en quién debe limpiar? ¿Acaso esos "hijos de Bello" fueron criados de esa forma? ¿Acaso no vieron nunca que en sus casas sus papás hacían el aseo? No, no hay cabeza para eso ya que la calentura (condones), la curadera (vómitos) y le denigración (excremento) nubla el sentido común. Buenamente, la comunidad universitaria salió a repudiar estos hechos (que no son nuevos).

3. No, es imposible meter a todos los alumnos en el mismo saco. Grandes y distinguidos profesionales han salido y siguen saliendo de esas históricas salas de clase. Pero debemos tener cuidado al extremo de que, prácticas como estas, terminen siendo normalizadas y pasadas por alto. Que el respeto humano, la sana convivencia, la deferencia con quien su trabajo es servir al resto, dejar la odiosidad por las creencias (religiosas o no) de la casa de la cual se es parte, entre otras normas básicas, sean el camino a recorrer y por el cual formemos una sana manera de relacionarnos.

Que lo peor de la persona humana no se normalice. Que nuestras universidades sean lugar de crecimiento y no de una denigrante y desentendida forma de relacionarnos. Que, como alumnos, sean motivo de orgullo de sus padres.

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