El domingo recién pasado Carlos Peña decidió argumentar —otra vez— a favor de la despenalización del aborto, vinculándolo en esta ocasión al Día Internacional de la Mujer y la “lucha” por la igualdad de género. Con la genialidad que lo caracteriza, el académico presentó oportunamente la actual penalización del aborto como un asunto “cultural”, el que sería impuesto sobre la mujer chilena “a pretexto de la naturaleza”.

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_.

Pero en este sensible tema hay que ser cauteloso. El análisis del autor no sólo favorece la despenalización en las tres causales del Proyecto de Ley que actualmente se tramita en la Cámara. De llevarse su argumento hasta las últimas consecuencias el resultado llega mucho más lejos: aborto sin limitación.

En breve, Peña argumenta que el derecho a la vida de cada individuo (incluyendo el del individuo que está por nacer, que reconoce explícitamente) no debe confundirse con “la obligación de los demás de sostenerla”. En palabras del autor: “Del hecho que Pedro tenga derecho a la vida, no se deriva la obligación correlativa de Juan y de Diego de sostenerlo para que no muera”. Reafirmando la misma idea, Peña señala: “Todos los miembros de la sociedad chilena tienen derecho a la vida, pero no es cierto que tengan la obligación recíproca de sostener sus existencias”.

Al respecto, incluso si obviáramos in arguendo el deber básico (moral y legal) de los padres de “sostener” y cuidar la vida de sus hijos, el argumento de Peña tampoco tiene asidero cuando no existe una relación parental. Así, podemos estar de acuerdo en que Juan no está obligado a sostener la vida de Pedro (siguiendo el ejemplo de Peña, no está obligado a donarle un riñón). ¡Pero de ello no se sigue que Juan pueda matar a Pedro! Eso se llama homicidio y se castiga criminalmente. Del mismo modo, el aborto consiste en matar directamente al nasciturus.

«La madre, y lo mismo Pedro, Juan, Diego, Carlos y Álvaro, sí están obligados —moral y jurídicamente— a no matar al que está por nacer»— Álvaro Awad, profesor de Derecho Civil UC.

La madre, y lo mismo Pedro, Juan, Diego, Carlos y Álvaro, sí están obligados —moral y jurídicamente— a no matar al que está por nacer. Y si en un caso concreto (por ejemplo, tras la violación de una menor) se aplica una causal de exculpación para los involucrados (en otras palabras, la sociedad entiende su conducta y omite la pena), ello no implica que una madre tenga el derecho de matar a su hijo (a esa “vida extraña” que depende de ella, como le llama Peña). Nuevamente, non sequitur.

Comprender a la mujer embarazada en una situación límite no es lo mismo que consagrar un derecho a dar muerte al que está en su vientre, como se presenta en el actual Proyecto bajo la mundialmente publicitada “autonomía”. ¿Por qué no asistir a la mujer en vez de optar por la “salida fácil” para todos aquellos que la rodean? (su pareja, su familia, su jefe e incluso el violador).

Por lo demás, nótese cómo es que la misma moral de Peña (esa magnífica moral kantiana de aplicación universal) parece traicionarlo cuando, luego de afirmar categóricamente que no existe un deber ni aun moral de sostener la vida ajena, más tarde indica que sería “bueno” (sic) que la mujer violada decidiera mantener el embarazo.

Por muy dramáticas que sean las circunstancias, el aborto dice relación indefectiblemente con el inicio de la vida humana y su respeto. Ese mismo respeto es el que nos lleva a sancionar al homicida.

Como ha afirmado una destacada líder feminista de mediados del siglo pasado, el asunto del aborto se presenta hoy como una guerra entre la madre y su hijo: como si éste viniera a destruir la vida de la madre. Lo cierto es que hay algo muy enfermo en una sociedad en que las madres prefieren matar a su descendencia en vez de traerla al mundo.

 

 

Profesor de Derecho Civil UC. LLM Candidate U. Chicago. Becario Chile 2015. Fulbright Fellow.