El 18 de agosto celebramos el día de la solidaridad, fecha que conmemora el fallecimiento de san Alberto Hurtado en 1952 y que se enmarca dentro del mes de la solidaridad. Así como él se preguntó en un libro ¿Es Chile un País Católico? (1941), podríamos preguntarnos ¿Es Chile un país solidario?

25 de Mayo 2012/SANTIAGO La Corporación de Beneficencia María Ayuda culmina su campaña de socios con una colecta nacional. FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO

Es lugar común sostener que los chilenos somos muy solidarios. Es más, la solidaridad se suele describir como parte de nuestra idiosincrasia. Así, lo confirma, por ejemplo, la encuesta Bicentenario UC/Adimark (2007), donde un 74% de los encuestados la señaló como el atributo principal de los chilenos. Similar resultado arrojó el Séptimo Estudio Nacional de Voluntariado (Fundación Trascender y Adimark, 2013), en el cual un 67% de los chilenos se consideran personas solidarias, porque donan dinero para la Teletón, en las colectas, a personas en situación de calle, o en el supermercado y donan víveres o ropa para los afectados por los desastres naturales. A mayor abundancia un 92,2% de los chilenos asegura realizar algún tipo de aporte económico (Estudio Trascender). No obstante esto, algunos estudios indican lo contrario. Según el Tercer Índice de Solidaridad en Chile (2012) en la escala de uno a diez, obtenemos un escaso 3,36, que se desglosa de la siguiente manera: a) donación de dinero 5,61, b) donación de objetos materiales, 2,22 y c) donación de tiempo, 2,26 (subió levemente. La anterior medición arrojó un 1,95). Sólo el 6% de los chilenos dedica tiempo a acciones de voluntariado, de ellos un 9% son jóvenes (VI Encuesta Nacional de Juventud, 2009). Los motivos que los chilenos tenemos para no realizar actividades de voluntariado son la falta de tiempo (53%) y el desinterés por este tipo de causas (29%).

Pareciera ser (lo afirmo en condicional) que nuestra solidaridad no es una disposición permanente, sino más bien un sentimiento más o menos superficial que aflora ante el drama y nos impulsa a dar sin que “nos duela”, a los que lo necesitan, o sea, una solidaridad bastante sui generis.

El mejor homenaje que le podemos hacer al padre Hurtado es hacer de la solidaridad un hábito, pues como postulaba san Juan Pablo II, “la solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”. El mismo Papa que en abril del año 1987 nos llamó en la Cepal a construir una economía de la solidaridad. Sin lugar a dudas, estamos al debe.

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas