Se suele decir que la fiesta de la Independencia de Chile no se debería celebrar el 18 de septiembre, ya que en esta fecha, durante 1810, sólo se produjo la instauración de la Primera Junta de Gobierno, que incluso le juró fidelidad al monarca Fernando VII, prisionero por las fuerzas de Napoléon desde 1808.

En este sentido, algunos sostienen que dicha fiesta debería celebrarse el 12 de febrero, ya que en este día, durante 1818, se produjo en Santiago la proclamación de la Independencia. No estoy de acuerdo con esta postura por tres razones fundamentales, que paso a explicar.

La primera es histórica. Como bien lo ha demostrado Paulina Peralta, en su libro Chile tiene fiesta. El origen del 18 de septiembre (1810-1837), en un comienzo nuestro país celebró tres fechas en torno a la Independencia: el 12 de febrero, el 5 de abril (batalla de Maipú) y el 18 se septiembre. Esta trilogía simbólica representaba la Independencia, la consolidación y la regeneración política, respectivamente. Pero, finalmente y a partir de diversos problemas de forma y fondo (por ejemplo, la confusión sobre cuál era la fecha más relevante), hizo que en 1837 se estableciera como fiesta única la del 18 de septiembre, que es la que ha trascendido hasta el día de hoy.

En un comienzo nuestro país celebró tres fechas en torno a la Independencia: el 12 de febrero, el 5 de abril (batalla de Maipú) y el 18 se septiembre. Esta trilogía simbólica representaba la Independencia, la consolidación y la regeneración política, respectivamente.

La segunda razón, siendo también histórica, se refiere al hecho que la Independencia no se declaró sólo en Santiago el 12 de febrero de 1818, sino antes en Concepción y Talca. Algunos historiadores como Fernando Campos Harriet y Luis Valencia Avaria, están de acuerdo en que “O’Higgins, conociendo el resultado del plebiscito en que consultaba al pueblo sobre la materia, firmó un acta provisoria, redactada sobre un tambor, el 1º de enero de 1818, en los Morrillos de Perales, la que fue lanzada sobre las murallas realistas del puerto de Talcahuano en un gesto de desafío al jefe español, el imbatible Ordóñez —que esperaba el refuerzo de Osorio—, y como una notificación definitiva que el país era un Estado soberano y no un territorio insurgente” (Campos Harriet).

Por este motivo, la Plaza de Armas de Concepción se llama Plaza de la Independencia, ya que en este lugar se hizo una ceremonia que proclamó la separación de Chile respecto de España. Luego, y como bien se sabe, se produjo una segunda declaración en la ciudad de Talca, el 2 de febrero de 1818. Y, finalmente, vendrá la ceremonia del 12 de febrero del mismo año. Es decir, no es cierto que este último hito constituya LA FECHA de la Independencia. Por lo demás, en términos militares este proceso se completará el 19 de enero de 1826 con la anexión de Chiloé por parte de las fuerzas comandadas por Ramón Freire. Y, como se ve, resulta mucho más fácil fijar una fecha de comienzo que de término.

Pero la razón más importante es historiográfica, es decir, no sólo referida a los hechos del pasado en sí mismos, sino al modo en que los entendemos. Esto se refiere a que el conocimiento histórico no se reduce a la simple consignación de fechas, sino a la comprensión de grandes tendencias o procesos. En este sentido, muchos países han estimado que es mucho mejor celebrar el inicio de los procesos más que una fecha meramente formal. Es el caso, por ejemplo, de Francia, que conmemora el 14 de julio de 1789, que supuso el comienzo de la revolución.

Si bien es verdad que en 1810 no se independizó Chile de España, sino que reafirmó su fidelidad a Fernando VII, ya en ese instante, y desde ahí de manera creciente, se estaba anidando el afán libertario, por ejemplo, al querer limitar los poderes de la monarquía absoluta mediante algunos principios esenciales, como el de separación de poderes, de igualdad ante la ley, etc. Y todo esto, ahora pensando en el continente en su conjunto, implicó una serie de “mutaciones de la identidad en la América Hispana” (François-Xavier Guerra).

Dada la necesidad de interpretar el proceso de Independencia como un todo y de no reducirlo a una fecha formal, muy posterior al “puntapié inicial”, me permito defender la idea de que debe mantenerse el 18 de septiembre como LA GRAN FECHA y fiesta de nuestra Independencia. Por lo demás, y como el mismo libro de Peralta lo demuestra, el 18 fue siempre (y sigue siéndolo) una fiesta predilecta para los sectores populares.

¿No será un poco soberbio pensar que el pueblo ha sido siempre engañado por las elites y que es posible, hoy, decirles cuál es la “fecha verdadera”? Pienso que sí, sobre todo si se pretendiera (re) instituir una fecha distinta como hito de futuro aún inexistente. Celebremos (desde) lo que hemos sido y sin culpa. ¡Las empanadas y el vino tinto lo ameritan!

Historiadora. Consejera de Evópoli y Directora de Investigación de Horizontal.