Los cruentos asesinatos de inocentes en Paris nos indican que el terrorismo no pasa de moda y que día a día cobra mayor virulencia. Sus raíces las encontramos en una secta religiosa Palestina llamada Sicarii, antirromana, nacionalista, muy bien organizada y activa, que desarrolló sus actividades entre los años 66 a 73 d.C. Otro antecedente lo constituye la secta persa de carácter religiosa llamada “Los Asesinos”. Antecedentes próximos los encontramos en el grupo ruso llamado Narodnaia Volia (Voluntad del Pueblo), movimiento antizarista de intensa actividad entre 1879 y 1881 y que logra tras varios intentos asesinar al Zar Alejandro II el 1 de marzo de 1881. Digno de mencionar es también el terrorismo anarquista, cuyo lema era “la propaganda mediante la acción”, muy activo a fines del siglo XIX. De aquí en adelante la lista es muy numerosa.

El terrorismo “antiguo”, si se me permite la expresión, era más bien selectivo, atentaba contra figuras prominentes y estaba muy limitado en el uso de armamentos: cuchillos, pistolas y bombas muy rudimentarias. Poseían, además, un escaso conocimiento tecnológico que limitaba sus acciones y carecían de vínculos con otros grupos terroristas. En cierto sentido era un terrorismo “soft”. El actual (al menos después de la Segunda Guerra Mundial) asesina cruel e indiscriminadamente, utiliza armas y métodos muy sofisticados (desde armamento convencional hasta elementos biológicos o químicos con gran poder de destrucción). Es un terrorismo “globalizado”, con redes y apoyo internacional.

«El terrorismo actual asesina cruel e indiscriminadamente, utiliza armas y métodos muy sofisticados. Es un terrorismo “globalizado”, con redes y apoyo internacional» —Eugenio Yáñez, académico UAI y asesor de Líderes Católicos.

No hay que confundirse, el terrorista no lucha por la justicia, la libertad, la paz o la democracia, aunque trate de presentarse ante la sociedad como un justiciero que lucha por altos ideales. En la novela “Los Justos” (Camus) uno de los personajes declara: “arrojé la bomba contra la tiranía, no contra un hombre”. El mismo Raskolnikov (Crimen y Castigo) dice a su interlocutor: “si para realizar (los) ideales es preciso derramar sangre y pasar por encima de los cadáveres de los que constituyen un obstáculo, puede hacerlo con plena conciencia de sus actos, siempre que sea en beneficio de un ideal”. Tras el atentado de la torres gemelas el gobierno Taliban declaró: “se lo tienen merecido”. El terrorista pretende convencernos de que mata para que en el mundo no existan más muertes y cuya única opción es la de tomar las armas para lograr sus fines. Se muestra como un héroe trágico forzado por las circunstancias a la violencia, una especie de buen samaritano que asesina indiscriminadamente para salvar a la humanidad.

No nos confundamos, el terrorismo es una forma extrema de violencia destinada a infundir terror, mediante el uso sistemático, ostentoso e inesperado de la violencia contra las personas y las cosas, creando un clima de miedo y consternación en la población, desatando, además, un ambiente de incertidumbre y una sensación de indefensión frente a sus demandas. Aunque es difícil describir una personalidad terrorista hay ciertos rasgos generales que perfilan su psicología: a) el fanatismo, que los lleva fácilmente a la crueldad; b) el mesianismo, que los impulsa a “redimir” la sociedad, pues él es el portador de la salvación absoluta; c) la intolerancia, producto de sentirse dueño de la verdad d) el odio y resentimiento, que los conduce a matar sin piedad.

Si consideramos sólo lo más importantes o espectaculares atentados terroristas en los últimos veinte años los muertos son más de 10.000 y los heridos sobrepasan los 15.000. Esto sin considerar a aquellos que quedan con “heridas” en el alma. Este flagelo es un problema de todos, pues lamentablemente en la actualidad nadie está exento del largo brazo del terror.

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas