“Retroexcavadora” o “más” del “modelo”, esta parece ser la disyuntiva a la que nos seguimos enfrentando los chilenos en materias económicas. Eliminar un modelo económico explotador que hace más ricos a los más ricos y más pobres a los más pobres, según sus críticos, o llevar al límite de sus posibilidades a un modelo que ha traído bienestar para la gran mayoría de los chilenos, gracias al crecimiento económico, según sus defensores.

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Los primeros enfatizan la distribución porque el mercado es cruel, los segundos la producción, dado que el mercado es el mejor asignador de recursos. Unos se concentran en la igualdad social, los otros en la libertad económica. Los “progresistas” demonizan el lucro, los “liberales” lo consideran indispensable para el crecimiento. ¿Dónde debe ubicarse el cristiano (o católico) en esta discusión?, ¿a quién debe darle la razón, habida cuenta que la evidencia empírica no es concluyente? Como ya lo he señalado en otras columnas de opinión, creemos que él no debe situarse en ninguno de los dos extremos. Es lo que se colige de las orientaciones de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI).

Aunque en reiteradas ocasiones los Papas han señalado que la DSI no propone ningún modelo económico en particular, esto no ha significado neutralidad o indiferencia ante dichos modelos. Desde León XIII en adelante la DSI viene criticando al “liberalismo” (“capitalismo”, “capitalismo salvaje”), y al marxismo y/o socialismo (economía centralmente planificada, “capitalismo de Estado”): “El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico” pues “considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social” (centesimus annus, 13). Por su parte el “capitalismo salvaje” según el Papa Francisco, basado en una visión egoísta del hombre promueve, una economía que excluye, que provoca inequidad y que mata (Evangelii Gaudium, 53). En este contexto, al menos desde Juan Pablo II, la DSI ha venido dando orientaciones económicas y promoviendo una serie de principios antropológicos y éticos que claramente se ubican en la perspectiva de una ESM (“modelo alemán”). Conocer estas orientaciones ayuda sin duda al cristiano o católico confundido con esta larga discusión sobre “el modelo”.

«¿Dónde debe ubicarse el cristiano (o católico) en esta discusión?, ¿a quién debe darle la razón, habida cuenta que la evidencia empírica no es concluyente? Como ya lo he señalado en otras columnas de opinión, creemos que él no debe situarse en ninguno de los dos extremos»— Eugenio Yáñez, académico USS y asesor Líderes Católicos

Pero el Papa Francisco ha ido más lejos y por vez primera recomienda expresamente aplicar una ESM: “Si queremos entender nuestra sociedad de un modo diferente, necesitamos crear puestos de trabajo digno y bien remunerado, especialmente para nuestros jóvenes. Esto requiere la búsqueda de nuevos modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados no para unos pocos, sino para beneficio de la gente y de la sociedad. Pienso, por ejemplo, en la economía social de mercado, alentada también por mis predecesores” (Discurso de agradecimiento al recibir el premio Carlo Magno, Sala Regia, 6 de Mayo 2016). Esto no debería sorprendernos, viniendo de un Papa que conoce bien las experiencias “neoliberales” y “marxistas” en América Latina, o tomando en cuenta que tanto la Unión Europea (Artículo 3, Párrafo 3 del Tratado de la Unión Europea), como los obispos europeos, (véase Una comunidad europea de solidaridad y responsabilidad”, 2012) promueven como “el modelo” de desarrollo para Europa.

A propósito de la ardua discusión sobre la reforma laboral en nuestro país, no estaría de más conocer más a fondo la experiencia de la ESM en el ámbito laboral.

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas