Uno de los movimientos generacionales más importantes del siglo XX chileno fue la Falange Nacional, nacida en los años 30 desde el seno del Partido Conservador, pero que más tarde daría vida a la Democracia Cristiana. Es una historia muy interesante, narrada de primera mano por Alejandro Silva Bascuñán en Una experiencia social cristiana (Santiago, Editorial del Pacífico, 1959).

En los nombres que destacaron en esos años y en las décadas siguientes estaban Eduardo Frei Montalva —que llegaría a La Moneda en 1964—, Radomiro Tomic, Clemente Pérez Zañartu, Ignacio Palma Vicuña, Rafael Agustín Gumucio, Manuel Antonio Garretón Walker. Uno de los que brilló con luces propias fue Bernardo Leighton (1909-1995). Su perfil se puede seguir en la obra de Otto Boye, Hermano Bernardo (Santiago, CESOC, 1999) y en Ricardo Boizard, Cuatro retratos en profundidad. Ibáñez, Lafertte, Leighton, Walker (Santiago, Imprenta El Imparcial, 1950), ambos admiradores del personaje.

Oriundo de Nacimiento, desde donde se trasladó a Los Ángeles, para terminar sus estudios secundarios en Santiago, en el Colegio San Ignacio. Después cursó Derecho en la Universidad Católica de Chile, por influencia de su padre, que era notario en el sur. Leighton comenzó a destacar por sus dotes de líder. "Se reveló con condiciones de excepción", recuerda Jorge Gómez Ugarte en Ese cuarto de siglo (Santiago, Editorial Andrés Bello, 1985). Y proseguía: "Orador brillante. De escasa estatura, se agiganta en la tribuna. De carácter afable, bondadoso y buen amigo, era intransigente en materias de doctrina y principios". Así, llegaría a ser dirigente de la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos, ANEC.

Con motivo de la crisis económica internacional, que tuvo desastrosos efectos en Chile, se involucró en tareas de apoyo social a los cesantes, descubriendo que había una incompatibilidad "entre un gobierno dictatorial y la conciencia de los jóvenes católicos, que nos sentíamos solidarios de los trabajadores de Chile en los problemas básicos de su vida". Así comenzó en la actividad política, se opuso al gobierno de Carlos Ibáñez, quien renunció en julio de 1931. Después Leighton tuvo alguna participación en medio de la anarquía, cuando procuró mediar en el levantamiento de la Escuadra.

Como resume Fernando Castillo Infante, "de acuerdo a todos los relatos de quienes han estudiado la historia de aquellos días, el ingreso al Partido Conservador fue liderado por Bernardo Leighton", que arrastró consigo a un grupo importante de jóvenes (La Flecha Roja. Relato histórico sobre la Falange Nacional, Santiago, Editorial Francisco de Aguirre, 1997). En cualquier caso, los jóvenes dejaban claro que actuarían como grupo, que no compartían las líneas gruesas del liberalismo económico, sino que querían incorporar las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente de Quadragesimo Anno (1931), la encíclica de Pío XI.

«Los jóvenes —del Partido Conservador— dejaban claro que actuarían como grupo, que no compartían las líneas gruesas del liberalismo económico, sino que querían incorporar las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia»— Alejandro San Francisco, historiador

Dentro del Partido formaron el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora, que luego asumiría el nombre de Falange. Leighton —Presidente de la Juventud— asumió un compromiso con decisión y sentido de causa, e incluso recorrió el país para buscar adeptos. Así lo resumía el joven líder en 1936: "Vamos del norte al sur de la República, visitamos las grandes y pequeñas ciudades, organizamos sin temor alguno discusiones públicas, llegamos hasta el hogar de las instituciones proletarias y, en todas partes, exponemos nuestro pensamiento serenamente, enérgicamente, sinceramente".

Renán Fuentealba, que después sería un importante dirigente y varias veces presidente de la DC, recuerda haber conocido al dirigente en una de esas giras en la que pasaron por Tomé, en la que también participaba Ignacio Palma: "ahí las palabras, sobre todo de Leighton, me conmovieron mucho y me decidí por ingresar a la Falange".

El grupo comenzó a crecer y a destacar. La situación no era fácil, pues procuraban conservar su autonomía dentro de los conservadores, en lo que suponía un quiebre a la vez generacional y doctrinario. En la elección de 1937 algunos de los jóvenes llegaron a ser diputados, en la misma elección en la que Eduardo Frei no pudo acceder a la Cámara. Entre los diputados que trabajaron unidos estaban Manuel Antonio Garretón, Fernando Durán, Manuel José Irarrázaval y Ricardo Boizard. En el caso de Leighton, a pesar de que se lo solicitaron, no fue candidato, pero pronto tendría nuevas oportunidades en la política.

En 1937 fue nombrado ministro del Trabajo en el gobierno de Arturo Alessandri. Fue Eduardo Cruz-Coke quien presentó a Leighton al León, quien incorporó al joven a su gabinete a sugerencia de Rafael Luis Gumucio. Cuando Alessandri supo que tenía apenas 27 años le dijo: "Me ganó por un año, pues yo fui Ministro a los veintiocho... Sólo ha habido en la historia de la República dos ministros más jóvenes que nosotros; un señor Matte y un señor Edwards; pero entre nosotros y ellos existe una diferencia de que somos los primeros de nuestro apellido" (en Ricardo Boizard, Cuatro retratos en profundidad).

Como destaca Boizard, en su cargo procuró buscar acuerdos entre empresarios y trabajadores en casos de huelga, sea por provocar su acuerdo directo o por la mediación desde el Estado. "Siempre me respaldó y me acompañó", recuerda Leighton al referirse al presidente Alessandri. Fue una época con dificultades, con variadas huelgas, pero contaba con el respaldo presidencial: "'Lo que Ud. haga está bien hecho. Ud. me representa. Las empresas a veces son tan extremistas como los sindicatos, comunistas o no, y no quieren aceptar nada", le dijo el León a su joven ministro.

Sin embargo, la relación política se quebraría a comienzos de 1938, con ocasión del suceso de la revista Topaze, una de cuyas ediciones había herido al gobernante, que procuró requisar la edición, que fue quemada. Leighton presentó su renuncia, eran otros tiempos. Don Arturo no quería aceptarla, a lo que el ministro del Trabajo contestó: "Presidente, entiendo que Ud. no me comprenda, pero no puedo seguir siendo ministro si veo que el Presidente actúa, a mi juicio, en forma contraria a la Constitución. No daré a conocer estos motivos públicamente, pero debo irme hoy mismo" (en Hermano Bernardo). Y así fue.

Dicen que regresó a su pequeña pieza de estudiante de provincias, pero ya había marcado a su década con un liderazgo joven y de enorme proyección para los primeros falangistas.

Profesor del Instituto de Historia y la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigador del CEUSS. Director de Investigación del Instituto Res Publica. Doctor en Historia por la Universidad de Oxford.