La jornada del 26 de julio de 1931 fue muy dura en La Moneda. Ese día Carlos Ibáñez del Campo —militar, líder de la revolución de 1924, devenido en gran figura política— renunció a la Presidencia de la República. En la práctica terminaba una historia de casi siete años, desde el Ruido de sables en septiembre de 1924, el golpe de enero de 1925, sus funciones como ministro de Guerra con Emilio Bello Codesido y luego con el propio Arturo Alessandri. Para entonces ya era el hombre fuerte de los militares, y también comenzó a tener un gran prestigio político, su nombre empezó a sonar como posible candidato presidencial. Las cosas marcharon por un camino diferente, algo tortuoso, pero el final sería el mismo.

En efecto, en los últimos meses de 1925 se produjeron cambios importantes: primero renunció Alessandri y dejó en el mando a Luis Barros Borgoño. La elección a fines de ese año la ganó Emiliano Figueroa Larraín, el llamado “candidato único”, quien mantuvo como ministro de Guerra al propio Ibáñez. Finalmente, tras una serie de problemas, el Coronel asumió como ministro del Interior, y ante la renuncia de Figueroa fue candidato a la Primera Magistratura, triunfando de manera categórica. En su Mensaje al Congreso Nacional el 21 de mayo de 1927 dijo, categóricamente: “Si intenciones aviesas pretendieran perturbar la obra honrada de un Gobierno cuya finalidad suprema y única es el bien de la Patria, no omitiré sacrificios propios ni ajenos para guiar al país por la senda justa, para mantener el orden, aunque al término de mi período, en vez de poder declarar que me he ceñido estrictamente a las leyes, sólo pudiera afirmar, repitiendo la frase histórica: 'Juro que he salvado a la República'”.

Tuvo un gobierno curioso. Primero, unos años extraordinarios: recuperación económica, orden, recuperación del prestigio nacional, construcciones. Con un énfasis moralizador —que conservaría en futuras contiendas—, un nacionalismo acendrado, acento militar y creciente estatismo, Ibáñez puso en funcionamiento el nuevo régimen, aunque con un “Congreso Termal” manejable. Creó ministerios, superintendencias, intervino en empresas, el Estado creció, mientras contaba con la infatigable acción de su ministro estrella, el joven Pablo Ramírez.

El problema sobrevino a partir de 1929, al estallar la crisis económica internacional, que revirtió los éxitos económicos e inició la crisis política del ibañismo. Se sucedieron las protestas, aumentaron los adversarios y el propio gobernante comenzó a perder iniciativa. Finalmente, con el crecimiento de las protestas y los problemas, Ibáñez renunció en julio de 1931. Consultado años más tarde al respecto por Luis Correa Prieto, el llamado dictador respondía sobre las causas de su dimisión: “Primero a que los grupos tradicionales no se conformaron jamás con perder su influencia… Segundo, a los efectos de la crisis económica. Una catástrofe financiera mundial que provocó el más profundo desequilibrio que conocieron los pueblos. Esta situación fue bien aprovechada por mis enemigos… Pero en aquellos días estaba cansado de luchar y me sentía físicamente decaído. Puede Ud. tener la seguridad —señalaba a Correa Prieto— que si me hubiera sentido sano, no hubiera ocurrido lo del 26 de julio… [Finalmente] no deseaba que se repitieran derramamientos de sangre” (las referencias en El Presidente Ibáñez, Santiago, Orbe, 1962).

Obviamente había otros factores importantes, como el deseo de mayores libertades públicas, o la unificación de los sectores antiibañistas en el exterior, que se aglutinaban bajo el liderazgo siempre presente de Arturo Alessandri, el gran adversario de Ibáñez. El León lo destacaba así: “Desde el primer momento nos reunimos los expatriados en afectuosa camaradería y concordamos en que no solamente podíamos, sino que debíamos gastar hasta el último de nuestros esfuerzos para derribar la dictadura y restablecer en el país el imperio de la ley “ (Recuerdos de gobierno, Tomo II, Santiago, Editorial Nascimento, 1967).

Pero la historia tiene vueltas. La caída de Ibáñez —incluso con una acusación constitucional en su contra— no significó el retorno a la democracia o al régimen civil. Por el contrario, el proceso político derivó en un año y medio de anarquía, con gobiernos inestables, permanente participación militar y ensayos fallidos de organización. Todo terminó, curiosamente, como había comenzado: Arturo Alessandri fue elegido con mayoría absoluta de los votos, iniciando su nuevo gobierno. La segunda derrota de Ibáñez en poco tiempo.

Pero la vida otorga posibilidades de revancha, y en política no hay muertos, como se suele decir. Aunque Ibáñez partió al exilio en Argentina, siguió preocupado de la política local, así como de la reivindicación histórica de su obra. Sus cartas, reproducidas por su amigo René Montero, La verdad sobre Ibáñez (Buenos Aires, Editorial Freeland, 1953), son ilustrativas al respecto: “En estos tres años de destierro he venido comprobando que, en general, mi obra de gobierno no es conocida todavía ni apreciada en lo que vale” (octubre de 1934). En otra señalaba: “Mientras no se forme un nuevo tipo de ciudadano, inspirado en la realidad de sus derechos políticos-económicos-sociales y no sólo en la farsa de su soberanía electoral, capaz de arrasar de raíz con la corrupción y los privilegios, será siempre poco lo que se podrá hacer por nuestro progreso y por la elevación de nuestro pueblo” (agosto de 1935). Refiriéndose al Frente Popular en formación, destacaba que lo que hacía falta en Chile era “una conciencia nueva acerca de la organización del Estado, un sentimiento profundo, noble y desinteresado sobre el patriotismo y la justicia social” (agosto de 1936). Además mantenía un marcado discurso antioligárquico.

Finalmente, regresó a Chile en mayo de 1937. Su regreso no era casual ni sería indiferente a la política local, para el ibañismo y para el antiibañismo, más aun considerando que el ex gobernante tenía amigos y adversarios en los diferentes partidos. Como resume Gonzalo Vial, “dijo don Carlos que se consagraría a la vida privada, que no le interesaba la política. Pero no era cierto: volvía para ser candidato presidencial” (Historia de Chile, Volumen V. De la República Socialista al Frente Popular (1931-1938), Santiago, Editorial Zig Zag, 2001). En la práctica, asumió la candidatura de la Alianza Popular Libertadora, que era considerada una “fuerza progresista”, para los comicios presidenciales de 1938, logrando apoyos del Movimiento Ibañista, independientes, de algunos socialistas y también del nacismo chileno. Sin embargo, la matanza del Seguro Obrero que afectó a estos últimos, en el contexto de un golpe de Estado del 5 de septiembre de ese año, determinó la “bajada” de la candidatura, el apoyo al radical Pedro Aguirre Cerda, que resultaría decisivo para la derrota del candidato de continuidad de Arturo Alessandri, su ministro de Hacienda Gustavo Ross.

Ibáñez seguía en política activa, e incluso era capaz de definir las elecciones, como quedaba demostrado en estas dramáticas circunstancias.

 

Profesor del Instituto de Historia y la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigador del CEUSS. Director de Investigación del Instituto Res Publica. Doctor en Historia por la Universidad de Oxford.