"Chileno y bandido eran sinónimos", recordaba Luis Alberto Sánchez al escribir su libro Visto y vivido en Chile (Santiago, Tajamar, 2004, con prólogo de Miguel Laborde). Así lo habían educado en su patria, Perú, en las primeras décadas del siglo XX, cuando todavía se escuchaban los ecos postreros de la Guerra del Pacífico, que marcó a toda una generación "en el reiterado culto al rencor contra ese país".

Sin embargo, la historia tiene sus vueltas. Poco después Sánchez tuvo la oportunidad de viajar a Chile y le "dio la impresión de un país en vía de ascenso cultural". Más tarde regresó por circunstancias políticas que vivía Perú hacia 1934, que lo llevaron a la cárcel y luego a ser deportado "al sur". De esta manera, "volví a Chile como desterrado político y no como profesor invitado", con su mujer y cuatro hijos, y junto a otros desterrados. Si bien el porvenir se presentaba incierto, a la larga sería fructífero en lo humano y en lo profesional, y su estadía en el país se extendería hasta 1945. En tiempos de Arturo Alessandri, segunda época (1932-1938), cuando Chile "era un oasis democrático", pero también "era una caldera hirviendo", mientras el mundo —en medio de la guerra de España y anticipando el conflicto internacional— "estaba cogido de odio, espanto y fanatismo".

Sánchez es una figura interesante y polifacética: además de periodista y escritor tuvo una destacada trayectoria política, como uno de los fundadores del APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre. Fue parlamentario y profesor universitario, llegando a ser rector de Universidad de San Marcos, en Lima. Tuvo una vida larga y prolífica, que se extendió hasta 1994.

Pablo Neruda —a quien había conocido en actividades literarias y también políticas— le dijo en una ocasión a Sánchez que tenía una deuda "literaria y política" con Chile, argumentando: "ustedes los peruanos no saben la influencia que ejercieron tanto en la política como en la cultura en Chile. Desde Ercilla, en los periódicos, en los grupos, hicieron mucho. Nadie como tú para contarlo. Será un libro indispensable para conocernos mejor nosotros mismos". Visto y vivido en Chile es el fruto de la recomendación y petición del poeta chileno.

«Sánchez es una figura interesante y polifacética: además de periodista y escritor tuvo una destacada trayectoria política» —Alejandro San Francisco, historiador.

Es indudable que el peruano se convirtió rápidamente en una figura de la cultura nacional. Cuando llegó a Chile, como destaca Laborde en el prólogo, fue visitado por "toda la ciudad", es decir, por la intelligentia chilena. Escritores y políticos lo acompañaron, hicieron amistad, trabajaron juntos, emprendieron proyectos, participaron de las fiestas y tertulias propias de esos tiempos, lograron dejar atrás —a través de su amistad— los prejuicios que quizá todavía se perpetuaban absurdamente en algunos de ellos. Y el libro llegó a ser, felizmente, una prueba efectiva de la vida de aquellos años decisivos, así como también permitió "conocernos mejor nosotros mismos". Corresponde dejarlo hablar.

Algunos trazos de fisonomía y personalidad que realiza el escritor peruano resultan realmente atractivos y permiten conocer mejor a los chilenos de entonces, en los diversos ámbitos en que se desempeñaban. Aquí van algunos: sobre Ricardo Latchman, cuya "pasión eran los libros y hablar mal de la gente. Era un extremista verbal"; de Augusto D'Halmar, quien "peinaba sus párrafos con la misma pulcritud que sus cabellos, sólo que, mientras éstos escaseaban, sus recursos literarios crecían"; Vicente Huidobro "era entonces más conocido por sus anécdotas que por sus poesías", "creador auténtico y creador puro", muy distanciado y adversario de Neruda.

Ambos, también De Rokha, "amaron la adulación y la corte, a condición de ser los reyes". Neruda, de regreso a Chile después de su decisivo paso por España, "no hacía otra cosa que escribir poemas, asistir a tertulias y organizar veladas, colectas, marchas y rifas a favor de los republicanos españoles". Su casa al atardecer "era un comprimido manicomio". Algunas situaciones nos permiten ver —y quizá añorar— el momento cultural chileno de entonces: "Los días martes La Nación se vendía por las crónicas de Joaquín [Edwards Bello]".

En el ámbito político también conoció a muchas figuras de entonces. Mencionaba a Salvador Allende, quien "no obstante su aspecto aseñoritado (sic)", también destacaba "por la vehemencia de sus discursos y la nitidez de sus decisiones". Juntos recorrieron sedes socialistas y conversaron en los cafés y en la bohemia. También conoció a Marmaduque Grove, don Marma, "una de las figuras más representativas y puras de la revolución americana". A Pedro Aguirre Cerda, elegido Presidente de la República en 1938, a quien consideraba "un gran ciudadano".

También en el plano de las ideas, la política y la cultura hay algunas reflexiones interesantes: el marxismo, "cuya moda se había iniciado entre estudiantes e intelectuales". En su visión, el Frente Popular "sirvió para que el comunismo se infiltrase en las filas socialistas y radicales". No se puede dejar de mencionar en este plano las descripciones de compra de votos en la incipiente democracia chilena de entonces. O la matanza del Seguro Obrero en septiembre de 1938, con su inmenso impacto humano y político. No podía faltar la Universidad de Chile, que por esos años eligió como rector a don Juvenal Hernández, quien sacó a la institución "de su enclaustramiento", logrando atraer a grupos de alumnos de los diferentes países del continente. El propio Luis Alberto Sánchez comenzó a hacer clases en la Universidad.

El escritor peruano regresó por un tiempo a Chile en 1953, después viajaba habitualmente al país a visitar a familiares y amigos, hasta el verano de 1972, en pleno proceso de la Unidad Popular. Como es obvio, la situación empezó a cambiar con el paso de los años: "Faltaban mis mejores amigos literatos; los políticos ahondaban sus distancias entre sí". Lo primero era expresión del paso del tiempo, que no perdona; lo segundo era el síntoma de de una creciente enfermedad social.

Visto y vivido en Chile resulta un libro extraordinario para mirar con ojos de un extranjero a la sociedad y la cultura nacional en los años 30, "indispensable para conocernos mejor nosotros mismos". Una década decisiva por muchas razones, años llenos de vitalidad cultural, promesas políticas y figuras entrañables.

Profesor del Instituto de Historia y la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigador del CEUSS. Director de Investigación del Instituto Res Publica. Doctor en Historia por la Universidad de Oxford.