Primero que nada, me gustaría partir por apuntar que escribo en este medio –y no en otro– por que comparto su marco valórico. Si tengo algún grado de confianza en la destreza de mi pluma, confiaré también en que esta columna concitará la atención de una buena cantidad de personas. De lo contrario, escribir se convertiría en un acto ocioso, irreflexivo e inútil políticamente.

FOTO: PABLO VERA/AGENCIAUNO

Si deseo comunicar algo, buscaré que mis ideas lleguen a mucha gente y es aquella la razón de mi selectividad a la hora de discernir el medio mediante el cual deseo emitir el mensaje: optar por uno que sostiene principios distintos a los propios implica llamar la atención sobre ideas ajenas, las cuales pretendo combatir y no promover.

Todo medio tiene un marco valórico propio —creo que a esta altura eso es un hecho indiscutible— y, por lo mismo, tiene un nicho ideológico muy definido al cual apunta. Si yo deseo vender un producto, debo definir a quién se lo venderé y qué es lo que espera comprar (para darle en el gusto). Entonces, puede que mi objetivo sea sólo mantenerme en ese nicho, o puede que vaya por más.

Si la meta trazada es influir y legitimarse como un medio de comunicación transversal, que sea capaz de influir en la toma de decisiones y la deliberación pública, será necesario que los lectores aumenten y “consuman” el producto que se ofrece. Para ello, tendré que incluir en el paquete ciertos espacios que permitan a ese lector que no comparte mis ideas sentirse igualmente incluido. Les presento las columnas de opinión, las cartas al director o las notas de no más de 3 líneas en la parte izquierda inferior de la página y con errores groseros de prensa.

Mientras las ideas propias del medio ocupan la plana completa, las ideas ajenas se encuentran presentes pero en espacios de mediana o escasa influencia. De esta forma, el lector contrario sentirá el imperioso llamado a “dar la pelea” (en tanto tendrá alguna pequeña sensación de victoria) y seguirá comentando, escribiendo, azuzando a sus cercanos a sumarse al combate y, por lo pronto, legitimando al medio que busca contrarrestar sin tener noticia que está jugando de visita, con la cancha inclinada y contra 13 jugadores (el equipo rival de sus contradictores intelectuales, el árbitro personificado en el editor “imparcial” y toda la hinchada rival). Tiene el partido perdido antes de ponerse los botines.

«Mientras las ideas propias del medio ocupan la plana completa, las ideas ajenas se encuentran presentes pero en espacios de mediana o escasa influencia» —Henry Boys, presidente Fundación Soñando Chile.

¿Leamos a Gramsci?

“El proceso de desarrollo (de un fenómeno cultural) está ligado a una dialéctica intelectuales-masa (…) todo salto hacia una nueva amplitud y complejidad (hegemonía) del estrato de los intelectuales está, a su vez, vinculado a un movimiento análogo de la masa de los sencillos, la cual levanta hacia niveles superiores de cultura y amplía simultáneamente su ámbito de influencia” (Antología de Manuel Sacristán). Traducción: sin la masa operante, a-crítica y anuente, los intelectuales de un determinado sector no consiguen el poder.

Aunque escribir en El Mostrador u otros medios similares hoy sea visto como algo valiente y revolucionario (ojo ahí con la soberbia, Talón de Aquiles de cualquier político), estamos frente a un proceso de legitimación de un medio de comunicación abiertamente comprometido con los ideales del progresismo moderno. Hace tres o cinco años atrás, El Mostrador no era más que Gamba o El Ciudadano: un medio de comunicación que había escogido conscientemente aleonar a su nicho, no ostentar el poder de la prensa. Hoy El Mostrador se está intentando perfilar hegemónicamente y para eso necesita a la masa a-critica del equipo contrario que lo lea, lo comente, comparta su contenido y le entregue, hipnotizada, el poder en una bandeja de plata. Cada vez que una persona con ideales contrarios al progresismo interactúa en forma alguna con ese medio u otro similar, está fomentando un proceso cultural en el cual terminará por tener a una buena parte de los medios de comunicación en su contra.

Y con las comunicaciones se define la cultura. Y con la cultura se define el pensamiento. Y con el pensamiento se definen las leyes. Y con las leyes nos cambiaron Chile. Y después vienen los lamentos.

En resumen, para El Mostrador la ley del hielo. Sin los conservadores, muere.

 

*Nota del autor: Es importante apuntar que este diagnóstico se aplica a un medio que aún no se encuentra legitimado, pero que busca hacerlo. Es en los medios formales, con años de trayectoria (los diarios importantes o The Clinic, por ejemplo), no sólo es útil sino necesario e inteligente ir a dar la pelea. ¿La razón? Simple: no lo necesitan a usted para ganar público o forjar una reputación, usted los necesita a ellos para transmitir sus ideas.

Presidente Fundación Soñando Chile