Como estamos en período Navideño, vale decir, esa época frenética de compras y más compras con el objeto de hacer “feliz” a un niño y/o ser querido, permítanme un par de reflexiones sobre la felicidad.

FOTO: VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO

Marcel Duchamp (1887 – 1968) uno de los artistas más influyentes del arte moderno, famoso por su “urinario” (conocido como “La Fuente” y elegido como la obra de arte más influyente del siglo XX), acuñó la expresión “ready made”, que alude a un objeto sacado de su contexto y función original convertido en obra arte (El primero de ellos fue una rueda de bicicleta invertida colocada sobre un taburete de madera en el año 1913).

En palabras del propio Duchamp un “ready made” es “ante todo la palabra inventada para designar una obra que no es tal (…). Es una obra de arte que se convierte en obra de arte por el hecho de que yo la declaro o el artista la declara obra de arte, sin que la mano del artista en cuestión intervenga de manera alguna en su factura”. De este modo, según él “arte es lo que se denomina arte”.

¿Qué tiene que ver Duchamp con la felicidad? Parafraseándolo podemos afirmar que en la actualidad buscamos una felicidad “ready made”, o sea “ya hecha”, ya “fabricada”, adquirible en el mercado (de las ideas). En consecuencia, ya no es necesario el ejercicio de nuestra inteligencia (que nos ayuda a descubrir el bien) y el esfuerzo de nuestra voluntad (que desea poseer ese bien) para ser felices. Ya no son necesarios los proyectos de vida, los compromisos de por vida o la búsqueda interior. Además, como la felicidad es aquello que simplemente cada cual denomina como felicidad, todo es felicidad, todos los caminos conducen a Roma independiente de forma de vida que lleve. El jingle de esta temporada (a decir verdad, hace muchas) es “compra, consume y desecha y será feliz”.

«El jingle de esta temporada (a decir verdad, hace muchas) es “compra, consume y desecha y será feliz”»_Eugenio Yáñez, académico UAI y asesor de Lídres Católicos.

Pero como los objetos de Duchamp, esa felicidad no es tal. A la postre es una ilusión. Es la misma porfiada realidad la que nos indica que ella no puede estar en el afán desordenado de consumir. Tras el frenesí de los sentidos, sólo queda el vacío (y muchas deudas). Ese cierto estado de plenitud de la persona o conjunto de todos los bienes (espirituales), como los clásicos llamaban a la felicidad, no se alcanza mediante lo material, ni siquiera en los niños. Con esto no quiero decir, que no se deban hacer regalos, en especial a los niños dentro de los límites de la tan escasa austeridad. El problema es hacer del regalo un fin en sí mismo y no un simple medio.

Aunque parezca una frase clisé, pero no por ello menos cierta, regalemos esta navidad una verdadera y hermosa “obra de arte”, una de esas que requieren de la mano del artista y de su esfuerzo, vale decir, en la cual nosotros (y no solo nuestro bolsillo) estamos implicados. Para algunos será reconciliarse con el adversario, para otros pedir perdón por el daño causado o perdonar al que me hizo daño. Puede ser también una simple llamada por teléfono (no un Whatsapp, por favor) o una visita al familiar lejano o ausente. Regalos que no cuestan nada, pero que pueden significar todo.

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas