Algunos sectores del país —que proponen cambios radicales o estructurales al sistema político y económico que hoy nos rige— acostumbran a criticar la denominada política de los consensos, que posibilitó la transición post dictadura militar. La critican, básicamente, porque ella ha sido la fuente de la construcción de un determinado “modelo neoliberal” que rechazan de plano. Para ellos, la democracia —en particular, el Congreso— no debería ser el espacio para consensos y transacciones, sino simplemente para que la voluntad de la mayoría (del 51 %) se imponga sobre la minoría (del 49 % restante).

26 de Mayo de 2015/ SANTIAGO Centenares de j—venes marcharon esta noche hacia La Moneda desde Plaza Italia, en repudio a la represi—n y criminalizaci—n al movimiento estudiantil por parte de gobierno y por los estudiantes asesinados y heridos en Valparaiso. En la imagen la calzada sur de la Alameda, frente al Palacio de La Moneda, ocupada por los estudiantes. FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO

FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO

¿Es posible afirmar que los consensos y transacciones son ajenos a democracia?

Parece dudosa una afirmación semejante desde el momento en que toda democracia para subsistir, y ser la base de los cambios que se quieren realizar, necesita, ante todo, de un consenso básico sobre lo que ella es. Y esto no resulta tan claro hoy cuando no pocos sectores políticos rechazan de plano la democracia representativa hoy vigente.  Un ejemplo de esta visión puede verse en quienes reducen su acción política a asambleas, marchas, tomas y paros, oponiéndose radicalmente al voto individual y a la política que se hace en el Parlamento. Es la posición, por ejemplo, del historiador Gabriel Salazar, quien ha influido bastante en el movimiento estudiantil, que viene del 2011.

Por otra parte, algunos estudiosos del quiebre democrático de 1973 sostienen que la principal causa de dicha ruptura fue la pérdida del sentido transaccional que la democracia supone, como instancia de deliberación política. Dicho sentido, luego de dar cuenta de un gran consenso sobre el significado de la democracia, se abre a pequeños consensos, por ejemplo, en materia de políticas públicas o proyectos de ley.

Arturo Valenzuela —en su libro El quiebre de la democracia en Chile, cuya primera edición es de 1978, y que recientemente ha sido reeditado por la Universidad Diego Portales— sostiene que la principal causa de la ruptura institucional en Chile de 1973 se debió a la polarización del país como consecuencia de la transformación de un centro político pragmático en uno ideológico, impidiendo, así, el acomodo y la transacción, y, finalmente, el respeto mayoritario por las reglas del juego democrático.

«La principal causa de la ruptura institucional en Chile de 1973 se debió a la polarización del país como consecuencia de la transformación de un centro político pragmático en uno ideológico»— Valentina Verbal, historiadora e investigadora de Horizontal.

¿Qué significa lo anterior? Entre otras cosas, que desde los años 60 la democracia dejó de ser un espacio —el espacio por excelencia— para la construcción del país entre todos, especialmente desde los sectores moderados, capaces de neutralizar tanto a la derecha como a la izquierda extremas.

A lo largo del siglo XX, como bien nos recuerda Valenzuela, los partidos de centro siempre habían sido pragmáticos o transaccionales. En 1938, el Partido Radical llegó al poder acompañado de los partidos Socialista y Comunista. Se partía de la base que si se conquistaba el Gobierno con el apoyo de partidos extremos, se gobernaba con éstos, no se les excluía, no se pretendía gobernar como partido único. El partido de centro, constituía una fuerza moderadora, que hacía las veces de puente.

La regla anterior se rompió en 1964. Eduardo Frei Montalva asumió con mayoría absoluta (56, 09 %) gracias al apoyo de la derecha, que quería evitar a toda costa la llegada al poder de Salvador Allende. Sin embargo, el Gobierno como tal fue de minoría, de partido único. En otras palabras, Frei gobernó sólo con la DC, sin integrar a la derecha que lo apoyó electoralmente. Gobernar exclusivamente con su partido fue la primera y gran decisión ideológica (y ya no solo pragmática) de Frei.

Si bien no sea fácil sostener que la situación actual que vive Chile sea la misma que la de esos tiempos, crecientemente se avanza hacia una mayor polarización. Por de pronto,  la idea de que la política se construye sobre la base de consensos —lo que, por cierto, no excluye el juego de mayorías y minorías—, ha sido claramente cuestionada, especialmente desde el hito de ruptura que implicó el movimiento estudiantil de 2011. Lo peor de todo es que este cuestionamiento no ha surgido sólo de cabezas calientes, sino de la mayoría de quienes, antes —durante los veinte años de ex Concertación—, no tuvieron problema en pensar que el país no es una guerrilla de unos en contra de otros, sino que es una gran casa que se construye entre todos.

Es de esperar que el inevitable fracaso de la Nueva Mayoría, hoy gobernante, así como el paupérrimo apoyo de que ahora goza en las encuestas, sea la gran señal de que los tiempos que vivimos no son nada más que un lamentable interregno, que el país superará. La esperanza es lo último que se pierde. 

Historiadora. Consejera de Evópoli y Directora de Investigación de Horizontal.