Desde una mirada autocomplaciente podemos afirmar que en nuestro país la corrupción, tanto pública como privada, no es un problema grave, más aún si nos comparamos con otros países del continente. Sólo debemos dejar que los fiscalizadores hagan su trabajo. Luego, individualmente no hacemos nada. Si nos ubicamos en las antípodas, es decir, desde una perspectiva autoflagelante podríamos afirmar que la corrupción llegó para quedarse y es por lo tanto imposible “ganar la batalla”. Luego, individualmente no hacemos nada.

Producciones fotograficas FOTO:NADIA PEREZ/AGENCIAUNO

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Así las cosas, el mal uso y/o abuso del poder público o privado para obtener beneficios particulares de modo ilícito campean en nuestro querido “chilito”. Sobornos, extorsiones, malversación de fondos, nepotismo, clientelismo, fraudes, colusiones adornan el escenario público y privado.

Un acto corrupto (ya sea por comisión u omisión), es siempre un acto injusto. Ahora bien, como decía Brecht, “la injusticia es humana, pero más humana es la lucha contra la injusticia”, esto exige que su erradicación no debe basarse solamente en implementar legiones de fiscalizadores o en endurecer las penas, como si fuese un problema estrictamente jurídico. La corrupción es un mal eminentemente moral. De lo que se trata es que cada uno de nosotros asuma su cuota de responsabilidad. ¿No existirá una suerte de “corrupción hormiga” de la cual todos somos culpables? El problema no es menor, si consideramos que así como un pequeño error al comienzo es un gran error al final, también una pequeña corrupción al inicio, lleva a otras más grandes después.

Ni autocomplaciente, ni autoflagelante, sino realista. Hay que armarse de paciencia, entonces, pues nadie se acuesta corrupto y se levanta probo. El mejor antídoto contra este flagelo es ejercitar las virtudes (cardinales) de la prudencia, de la justicia, de la templanza y la fortaleza. Pero como bien nos enseña la experiencia es difícil adquirir las virtudes y fácil perderlas.

No apelemos al Estado, al gobierno de turno, a las leyes a los jueces para que eliminen este mal. Examinémonos nosotros mismos y preguntémonos en qué medida somos parte de la solución y no del problema.

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas