Hace unos días, el Académico Cristóbal Bellolio en su columna "Alegato contra la natalidad", plantea que un mundo menos sobrepoblado es un mundo donde nuestros hijos vivirían mejor. Para ello ha recomendado teóricamente que se deba tener por familia no más de dos hijos. Esto ante la interrogante de que, si Europa había colapsado con la crisis de los refugiados sirios, ¿cómo sería posible lidiar con desplazamientos masivos producto del hambre, la desertificación y los demás desbarajustes planetarios asociados al calentamiento global?

En primer lugar, debemos renunciar al pesimismo y paranoia de los teóricos neoclásicos, consecuencia (en parte) de la intervención estatal sobre nuestra capacidad creativa humana. El Estado ha intervenido tanto en nuestra capacidad de innovar como humanos que no podemos ser conscientes de todo lo que dejamos de crear debido a las restricciones a la creatividad. Para afirmar lo que Bellolio escribe, se debe rechazar nuestra naturaleza, donde cada persona tiene un conocimiento único en el mundo e irrepetible, con la capacidad de aportar al proceso creativo histórico de la humanidad.

Bellolio debió suponer que los seres humanos somos hormigas, bacterias o ratas omitiendo que estamos dotados de una capacidad de innovación irrepetible. Sin embargo, no hay por qué culparle. Es un error frecuente considerar al ser humano como un factor más, planteando que si disminuimos la población aumenta la riqueza per cápita. Esta teoría que tiene su origen en los escritos de Thomas Robert Malthus, es aplicable a los animales o recursos homogéneos como ratas y bacterias, pero no a los hombres.

Pero como Bellolio afirma que el ser humano no es lo suficientemente creativo, decide aceptar el antinatalismo relativo como solución. Es decir, debemos multiplicarnos hasta el total de alimentos como lo hacen las ratas, donde una vez que se ha agotado el alimento, mueren. Lo trágico es pensar que nuestros académicos creen que actuamos como ratas o bacterias, pasando por alto nuestra capacidad empresarial que podrían dar soluciones a la paranoia de la destrucción medioambiental o la hambruna. La ley de Malthus jamás podría aplicarse al ser humano.

En términos sociológicos se debe hablar de división del conocimiento. Como nuestra capacidad de absorción de conocimiento del ser humano es limitada, solo es posible acceder a nuevas tecnologías y comodidades si hay crecimiento continuado de la población. A medida que haya más personas, hay una mayor especialización de ellas en determinados ámbitos del conocimiento.

George Ball, ex presidente de la Sociedad Hortícola Estadounidense ejemplificaba el caso de la hambruna hace unos días, diciendo que el premio Nobel Norman Borlaug salvó 245 millones de vidas a través de la selección de una planta de trigo más corta y más productiva para el pan: solo una planta y una persona alimentaron a casi un cuarto de millar de personas. Lo que fue posible gracias a esa capacidad para innovar.

Por ende, si nos preocupa cuidar el medio ambiente o combatir las hambrunas, debemos enfocarnos en no prohibir la capacidad creativa humana. Por otro lado, un aumento de la población nos ha facilitado la especialización del conocimiento que ha llevado a la creación de proyectos como Valhalla o ingredientes más productivos para nuestros alimentos.

 

Estudiante de derecho Universidad de los Andes. Becaria en el programa Institute for Leadership in the Americas (ILA). En el sur de Chile ha participado en distintas iniciativas de carácter cívico y social