El 14 de febrero y los días precedentes es una buena ocasión para aumentar las ventas de chocolates y flores. Además, es una oportunidad propicia para renovar nuestros “votos de amor” y más aún, para reflexionar, aunque sea breve y desordenadamente sobre él.

El amor parece ser, si se me permite la expresión, un concepto “jabonoso”. Cuesta asirlo con firmeza, se nos escapa al menor descuido y cada cual lo interpreta según le conviene. En Lógica se dice que es un “concepto análogo”, es decir, se aplica a diferentes situaciones, pero mantiene en todas ellas un rasgo común. Así tenemos el amor entre esposos, el amor de padres a hijos, el amor entre hermanos, entre amigos. Hablamos del amor de predilección por los pobres, de amor a la “humanidad”, o el amor a Dios. ¿Qué tienen en común todas estas diversas situaciones? En todas ellas existe un vínculo que une a quienes lo experimentan. El amor es un nexo que une a las personas, y las acerca de tal modo, que el otro se convierte en un alter ego.

"Aunque estamos hechos para amar, no es fácil hacerlo, entre otras cosas porque en nuestra época medimos (casi) todo en términos de costo y beneficio, y el amor no sabe de cálculos racionales y sí mucho de sacrificios" — Eugenio Yáñez, académico de la Universidad San Sebastián y vocero de Voces Católicas

Amar es querer gratuitamente el bien de la persona amada por ella misma y no por los eventuales beneficios que me puede reportar su compañía o presencia. De lo primero que se alegra el que ama, es de la existencia de la persona amada, independiente de su condición (física, social, económica, étnica, cultural, de salud, etc.). Si esto es así jamás podremos justificar eliminar a un ser humano como un “acto de amor” (como la eutanasia). El amor nos dice que lo que debemos hacer no es eliminar el “problema”, sino (con)vivir con el “problema”.

El amor tiene su “origen” no en la “necesidad”, sino en la “sobreabundancia”. Pese a nuestra precariedad ontológica, somos seres que “sobreabundamos” en amor, y en consecuencia lo proyectamos naturalmente. Sin embargo, aunque estamos hechos para amar, no es fácil hacerlo, entre otras cosas porque en nuestra época medimos (casi) todo en términos de costo y beneficio, y el amor no sabe de cálculos racionales y sí mucho de sacrificios (hasta que duela); porque en nuestra actual sociedad (casi) nada es gratis, y el amor es gratuidad; porque en este mundo estamos atrapados por el egoísmo, y el amor entrega desinteresada.

San Pablo nos dice que el “amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”” (Corintios, 13, 1). No es necesario ser muy agudo para percatarse de lo difícil que es amar. Si nos amaramos al modo de san Pablo, el mundo sería mucho mejor, y no estaríamos atrapados, entre otras lacras, por la violencia, y menos aún por la soledad, esa silenciosa pandemia de nuestro siglo, que no es otra cosa que no tener a quien amar y a nadie que nos ame.

Creemos, a veces ingenuamente, que un mundo mejor será obra de los economistas, de los empresarios, de los políticos o de los científicos, o de los “poderosos”, y no nos damos cuenta, o no queremos asumir la responsabilidad de que somos nosotros los primeros llamados a mejorar nuestro mundo mediante el amor.

Quisiera terminar recordando las palabras de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. Lo demás es añadidura.

 

Académico Universidad San Sebastián. Asesor Academia de Líderes Católicos. Vocero de Voces Católicas