En marzo de 2001 el mundo quedó estupefacto y sorprendido cuando una milicia talibán destruyó dos “Budas de Bamiyan”, monumentos religiosos e históricos de enorme altura y belleza que databan desde los siglos V y VI. Hoy en Chile, hemos quedado igualmente sorprendidos y con un malestar enorme al ver a un grupo de encapuchados al saquear la conocida “Iglesia de la Gratitud Nacional”, que fue declarada monumento nacional en el año 1989.

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

Lamentablemente hoy la recordamos por el repudiable acto vandálico sufrido, en el cual delincuentes incluso llegaron a profanar y destruir un Cristo Crucificado, el mayor símbolo de una religión que el INE ha señalado que es representativo del 60% de nuestra población.

Al menos los Talibanes, siendo terroristas e integristas, responden a una doctrina extremista ortodoxa fundamentalista, que destruyen lo que consideran idolatrías o símbolos de politeísmo, mientras en Chile tenemos muchachos que sufren de completa ignorancia, sin capacidad mínima de análisis racional, dialéctico o crítico.

En una entrevista realizada a un encapuchado por el semanario The Clinic, en agosto de 2011, consultado por las razones de la violencia, la respuesta fue un cúmulo de argumentos con una base que puede ser real —la necesidad de evidenciar la miseria económica, la violencia policial permanente o la falta de oportunidades en educación, salud y en general en todos los aspectos— pero envuelta en culpar a un publicitado “Estado Fascista y de mercado”, cuando sin duda, no deben tener la mínima idea de lo que es realmente o fue el fascismo.

Pero no debemos perdernos en que este atentado es solo al pensamiento religioso, sino que la gravedad está por sobre eso incluso, al igual que lo hecho por los talibanes, en el daño irreversible al patrimonio histórico y cultural de un pueblo, de una nación.

Claro, es imposible que estos delincuentes sepan que Chile tiene un patrimonio religioso de importancia cultural mundial, reconocido por la Unesco entre el 2000 y 2001, otorgando un primer reconocimiento universal a 14 iglesias chilenas construidas por los jesuitas en Chiloé, como paso previo a un programa estatal de recuperación patrimonial de Arica a Magallanes.

Con todo, lo que queda es exigirle al Estado de Chile que vele por el resguardo de este tipo de monumentos nacionales y por la seguridad de la población, ya que no podemos tomar la justicia en nuestras manos, sino que debemos estar convencidos que el Estado tiene y aplica las herramientas necesarias y precisas para enfrentar estos hechos.

Como país estamos atravesando una crisis de conciencia de quienes cometen los hechos, de quienes observan sin hacer mucho, de quienes tienen el deber de educar, de quienes tienen el deber de proteger, de quienes tienen el deber de castigar a los culpables y de dar ejemplo para que no se repita más.

La conclusión de lo ocurrido, que incluyó la destrucción de un Cristo Crucificado, podría ser el mismo Cristo diciendo: “Perdónalos señor, porque no saben lo que hacen”, clamor que se suma al de todos quienes formamos parte de esta sociedad de derechos y de deberes que pedimos al Estado que de una vez por todas, de manera ejemplar, haga su tarea de justicia en la tierra, porque un feligrés diría que ahora “no tienen perdón ni de Dios”.